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Matrimonio, Familia y Divorcio (Febrero 2010) PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Luciano Barp Fontana   
El matrimonio es la unión íntima de vida entre un varón y una mujer. Matrimonio y familia no son unas construcciones sociológicas casuales derivadas de particulares situaciones históricas y económicas. Matrimonio y familia son valores que están enraizados en la esencia más profunda del ser humano.
 
Image1. Institución del matrimonio
 
El matrimonio es una institución natural que constituye un patrimonio universal e inagotable de la humanidad.
 
Nuestra cultura representa tal ley natural matrimonial y familiar mediante el relato bíblico mundialmente conocido que vamos a parafrasear en seguida.

Cuando Dios creó todas las cosas, dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gén 1, 26). Con un poco de tierra hizo el ser humano, pero no tenía vida: tenía ojos, pero no veía; oídos, pero no oía; boca, pero no hablaba. Entonces el Señor sopló el espíritu de vida y creó un hombre vivo. Era el primer hombre, a quien Dios le puso el nombre de Adán, que significa hecho de la tierra fértil.

Dios trajo delante de Adán las aves y todos los animales que había creado. El hombre observó a cada uno y les puso nombre de acuerdo con las características de cada especie. Con esto se está señalando la superioridad del ser humano sobre las bestias. En efecto, solamente el hombre ha sido dotado del poder de la inteligencia y de la autodeterminación.

Mientras procedía al reconocimiento del mundo animal, Adán pudo darse cuenta de que, entre todas las criaturas, él era el único que estaba desprovisto de pareja apropiada. Adán superó tal soledad en el momento en que saludó con alegría y gratitud a la mujer que Dios acababa de crear: Ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne; será llamada varona, ya que ha sido sacada del varón. Su nombre es Eva, que significa la madre de todos los vivientes.

Por cierto, la mujer no es producida por el hombre, sino por Dios mismo. En efecto, Dios manda a Adán un profundo sopor y, mientras él dormía, le sacó una costilla. De esta misma costilla de Adán, Dios formó a la mujer y luego se la presentó. Tal sueño significa la suspensión momentánea del poder cognoscitivo, volitivo y activo del hombre, para indicar que la mujer no es un producto del varón, sino de Dios mismo. Nótese que Dios tomó una costilla de Adán, de muy cerca de su corazón, para significar que la mujer es una compañera de la misma naturaleza que el varón, ya que ambos son dotados de la capacidad recíproca de comunicarse afectiva y espiritualmente.

Así fue como, desde el inicio, Dios estableció y aprobó la unión conyugal para que se llevaran a cabo tres propósitos comunes a toda la humanidad:
 
En primer lugar, el matrimonio es para superar la soledad: No es bueno que el hombre esté solo. En efecto, por su íntima naturaleza, el hombre es un ser social que no puede existir sin relacionarse personalmente con los demás.
 
En segundo lugar, el matrimonio fue planeado para darle al varón su complemento: Le haré una ayuda idónea.

Finalmente, el matrimonio fue instituido para que hubiera procreación: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra. Un hogar animado por una vinculación amorosa y estable entre esposo y esposa garantiza la educación y el desarrollo integral de la prole.

Amor y ayuda mutua, procreación y educación de los hijos: éstos son los fines del matrimonio. Cuando un varón y una mujer se enamoran, descubren la belleza del amor conyugal que los dispone a unirse matrimonialmente para procrear un nuevo ser humano.
 
Procreando nuevas vidas y educando a los hijos, los cónyuges garantizan el futuro de la humanidad. Asimismo, en la procreación, los cónyuges encuentran una de las más plenas realizaciones fundando su núcleo familiar.

2. Matrimonio y familia

La familia está fundada sobre el matrimonio concebido como el complemento entre un hombre y una mujer, mediante un vínculo libremente contraído y abierto a la transmisión de la vida. La familia posee unos derechos propios que son inalienables. En efecto, es una sociedad natural anterior al Estado y a cualquier otra institución.

La familia, más que una unidad jurídica, social y económica, constituye una comunidad de amor y de solidaridad para la transmisión de los valores culturales, éticos, sociales y religiosos, esenciales para el desarrollo y el bienestar de toda sociedad y de cada uno de sus propios miembros.

La familia es el lugar donde se integran diferentes generaciones que se ayudan mutuamente a armonizar los derechos individuales según las exigencias de la vida social.

La familia es como el segundo útero en el cual se termina la gestación de la identidad de un ser humano. En efecto, la familia es el soporte vital de la nación: en ella nace el ciudadano.


3. No obstante el divorcio, la unión conyugal es indisoluble

Consta que el matrimonio y la familia se han convertido en una realidad abiertamente cuestionada a causa de una secularización dominante en nuestros días; sin embargo, la indisolubilidad del contrato conyugal permanece como un elemento vital de la naturaleza humana.
 
En efecto, todos los novios llegan al matrimonio con la intención de compartir toda su vida y no solamente una parte de ella: «hasta que la muerte los separe». La perpetuidad de la donación es un rasgo inscrito en el corazón de los novios.

Algo similar ocurre de parte de los hijos. Podrán desear que la unión entre sus padres sea más serena y más pacífica, pero nunca querrán que se rompa la relación entre ellos. Esta constatación es tan universal que podemos considerarla como un dato propio de la naturaleza de todo núcleo familiar. En efecto, si no hay una relación de vínculos estables para toda la vida, no hay familia.
 
Asimismo, cuando una persona ha pasado por el sufrimiento de una ruptura y decide formar un nuevo hogar, lo único que quiere es que la unión sea para toda la vida.

4. Causa del divorcio
 
La causa del divorcio no es solamente aquella infidelidad que se llama adulterio. En efecto, la fidelidad es un hábito que abarca una multitud de conductas positivas, como la ternura en las relaciones conyugales, el cuidado del cónyuge enfermo, el cuidado de la casa, y tantas otras conductas que son muy importantes para la felicidad presente y futura de la familia, no obstante las dificultades.
 
La causa del divorcio no es solamente aquella infidelidad que se llama adulterio. En efecto la fidelidad es un hábito que consiste en poner el patrimonio de nuestros valores al servicio del cónyuge. Por cierto, la mujer es más intuitiva, delicada y tierna. El hombre es más pragmático, racional y firme. Sin embargo, ambos pueden complementarse mutuamente. En efecto, el amor consiste en dar y recibir. Si sólo damos, nos vaciamos; si sólo recibimos, somos egoístas. Ahora bien, en este proceso de mutua integración es indispensable una comunicación capaz de disculpar y de perdonar siempre. Sólo así se conseguirá conservar vivo el amor y evitar la ruptura de la fidelidad prometida.

4. Código para evitar el divorcio
 
Para que se cultive la indisolubilidad del matrimonio, presentamos siete puntos de reflexión:

I. El matrimonio es liberación de la soledad.
 
«No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gén 2, 18). El matrimonio ofrece a los esposos la posibilidad de liberarse del mal de la soledad y de vivir en un diálogo íntimo y personal. Esto exige la superación del egoísmo, aprendiendo a compartir con el cónyuge los deseos, las aspiraciones, los temores, las alegrías, los gozos, las dificultades y los sufrimientos que ocurren en la vida. Solamente así se fortalece y permanece la unión matrimonial.
 
II. El matrimonio es mutua complementación.
 
«Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gén 2, 23). El matrimonio ofrece a los esposos la posibilidad de complementarse y de perfeccionarse mutuamente. El esposo se enriquece con la presencia de lo femenino; la esposa, con la presencia de lo masculino. Sin embargo, esta mutua complementación exige un reajuste constante y una actitud de respeto y de agradecimiento reciproco. Solamente así madura la unión matrimonial.
 
III. El matrimonio es disfrute de la intimidad sexual.
 
«Serán los dos una sola carne» (Gén 2, 24). El matrimonio ofrece a los esposos la posibilidad de descubrir el valor del cuerpo como un medio de comunicación afectiva. Los esposos viven su amor matrimonial expresándolo en la intimidad conyugal. Esto exige que la entrega sexual signifique la unión de los corazones.
 
IV. El matrimonio es comunidad de amor destinado a crecer.
 
El matrimonio exige que el amor inicial de los esposo vaya creciendo y se vaya consolidando. Las dificultades y las adversidades vividas conjuntamente por los esposos son ocasiones para crecer en un amor cada vez más sólido y realista. En efecto, el enfriamiento y la ruptura no suceden de pronto; se vienen gestando progresivamente cuando la relación se va contaminando de egoísmo, de resentimiento y de rechazos. La ausencia de diálogo es lo peor que le puede suceder a los esposos.
 
V. El matrimonio es comunidad de mutua comprensión y de perdón.
 
El amor puede sentirse traicionado, decepcionado y no correspondido por la persona amada. Entonces, cuando el amor es verdadero, se convierte en una actitud de perdón y de disposición para la reconciliación. Casarse es estar dispuesto a perdonar siempre. Por cierto, es expresiva la etimología de la palabra perdón que está compuesta de dos raíces latinas (per = a través; donum = entrega) y que significa la voluntad de recuperar la unidad perdida, a través de la entrega de uno mismo.

VI. El matrimonio es descubrimiento del amor al prójimo.
 
El matrimonio es una escuela donde los esposos aprenden a amar al prójimo como a sí mismos. En efecto, ayudándose y perdonándose, los esposos aprenden a cultivar la unidad también fuera del propio hogar. Es peligroso reducir el matrimonio a un egoísmo compartido. Si el amor matrimonial es verdadero, los esposos se abrirán también hacia los demás. Esto exige integrarse en la vida de la propia comunidad para estar atentos a las necesidades de los más olvidados.
 
VII. El matrimonio es fuente de vida.

El matrimonio ofrece la posibilidad de formar una familia. El nacimiento del hijo no es una carga ni una amenaza para el amor matrimonial. Al contrario, es la culminación del amor conyugal. En efecto, los esposos colaboran con el Creador en la difusión de la vida, es decir, en generar y educar nuevos seres humanos y en promover unos hogares donde habite el diálogo y la unidad.

6. Epílogo

Las siete reflexiones que acabamos de presentar constituyen un código para que los esposos vivan la indisolubilidad de la unión conyugal y puedan alcanzar la finalidad del matrimonio, es decir, la procreación y la educación de la prole y la realización reciproca de su vida afectiva.
 
Estas vivencias deben ser favorecidas también por la ley civil. Para ello, los buenos legisladores, a lo largo de miles de años y en todas las culturas, son los protectores de la institución natural del matrimonio que consiste en el amor complementario y fecundo entre un hombre y una mujer, y que llega a su plenitud en el núcleo familiar.
 
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