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Escrito por Roberto O’Farrill Corona   
El último siglo de judaísmo y de cristianismo está sirviendo, finalmente, para enmendar desencuentros, descalificaciones y persecuciones que han sido provocados y vividos tanto por judíos como por católicos.

ImageA inicios del tercer milenio se han dado adelantos, además de varias iniciativas que tuvieron lugar en el siglo XX, a fin de establecer un diálogo de encuentro y de comprensión mutuo. Este diálogo ha crecido entre los líderes, pero no entre ambos pueblos de Dios. Se dan serias y torcidas formas de desdén y de desprecio en judíos que siguen llamando “perros” a los cristianos y en cristianos que siguen llamando “asesinos de Dios” a los judíos.

En 1986 Juan Pablo II visitó la Sinagoga de Roma. En marzo de 2000 estuvo en Jerusalén y oró en el Muro de los Lamentos en medio de un operativo de seguridad, pero también en medio de muestras de desdén y bajo una lluvia de gritos e insultos por parte de algunos judíos fundamentalistas. Eso no impidió que el Papa dejara un pergamino con un manuscrito de su puño y letra en el que al final se lee: “Queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la Alianza”. Su manuscrito después fue colocado en el Museo del Holocausto en donde permanece en exhibición, cosa que todavía debe ser ocasión de vergüenza para quienes le insultaron mientras concretaba tan noble gesto de cercanía. Ese desdén no detuvo a Juan Pablo II y continuó con más acciones de acercamiento hacia “los hermanos mayores en la fe” como él mismo llamó al pueblo de Israel.

El 28 de mayo de 2006, durante su viaje a Polonia, Benedicto XVI visitó el campo de concentración de Auschwitz, donde explicó: “El objetivo de mi estancia hoy, aquí, es para implorar la reconciliación, con Dios, con los hombres que han sufrido y con todos aquellos que en esta hora de la historia sufren de nuevo bajo el poder del odio y bajo la violencia fomentada por el odio”.
Por la mañana del 12 de mayo de 2009, durante su viaje a Tierra Santa, Benedicto XVI quiso acudir al Muro de los lamentos y él también depositó, en una hendidura, una oración. También a él le insultaron algunos extremistas judíos mientras escupían al suelo en señal de desprecio. En su oración el Papa pidió a Dios: “Despierta el corazón de todos los que invocan tu nombre, para caminar humildemente por la senda de la justicia y el amor”.
Benedicto XVI ha tenido más muestras de cercanía hacia el judaísmo. Entre otras, estuvo en la Sinagoga de Colonia, en Alemania, en agosto de 2005 y en la de Nueva York en 2008. Ahora el Papa ha vuelto a entrar al templo judío, a la Sinagoga de Roma, el pasado 17 de enero.
Durante este encuentro, el presidente de la comunidad judía de Roma, Riccardo Pacifici, reconoció la ayuda prestada por el Papa Pío XII a los judíos perseguidos y acorralados durante el Holocausto, cuando dijo: “Si estoy aquí, hablando de este lugar sagrado, es porque mi padre y mi tío Raffaele encontraron refugio en el Convento de las Hermanas de Santa Marta en Florencia”.
El rabino jefe de la comunidad judía de Roma, Riccardo Di Segni, dijo: “A pesar de una historia dramática, los problemas abiertos y las incomprensiones, hay que poner en primer plano los puntos de vista compartidos y los objetivos comunes. La imagen de respeto y de amistad que emana de este encuentro tiene que ser un ejemplo para todos los que nos observan”.
Benedicto XVI, por su parte, estableció que “Cristianos y Judíos tienen una gran parte de patrimonio espiritual en común, rezan al mismo Señor, tienen las mismas raíces, pero a menudo siguen siendo desconocidos los unos para los otros. Nos corresponde a nosotros, en respuesta a la llamada de Dios, trabajar para que permanezca siempre abierto el espacio del diálogo, del respeto recíproco, del crecimiento en la amistad, del testimonio común frente a los desafíos de nuestro tiempo, que nos invitan a colaborar por el bien de la humanidad en este mundo creado por Dios, el Omnipotente y el Misericordioso”.
Ahora faltan las manifestaciones que deben brotar de los corazones de los fieles judíos y católicos. Ambos decimos amar a Dios, y lo hacemos, pero falta que nos lo demostremos. Conozco a un rabino santo, Abraham Palti, quien me llevó a su Sinagoga en la noche de un viernes, luego a cenar a su casa con su familia. Solemos comentar las Sagradas Escrituras, siempre con respeto. Somos grandes amigos y ambos lo sabemos, como sabemos que compartimos al mismo Dios, que es quien nos inspira.
 
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