A los seres humanos nos encanta opinar, siempre estamos opinando, es una capacidad del hombre y ahora está de moda. Antiguamente, a más de uno le tocó una buena regañada en casa cuando de pequeño se atrevió a meter las “narices” donde nadie lo llamaba y se llevó un buen rapapolvo con la máxima: “los niños no opinan”. Si hoy un padre le dijera esto mismo a su hijo, supondría un escándalo para algunas ONGs que lideran los derechos de los niños contra sus padres.

Sin embargo, el meollo de este asunto no está en nuestro derecho a opinar, sino en la responsabilidad y en la autoridad que tenemos para ello, en el valor que le damos a nuestras humildes y no tan humildes palabras y lo que ha llegado a significar para nosotros el verbo “opinar”.
De acuerdo al diccionario de la Real Academia de Lengua Española “opinar” significa “discurrir sobre las razones, probabilidades o conjeturas referente a la verdad o certeza de algo”. Por lo tanto una opinión no es una certeza o verdad absoluta, es simplemente una hipótesis, una suposición, un punto de vista.
Ahora bien ¿se vale opinar? Estamos en un país libre, pero ¿por qué no nos detenemos a pensar en el impacto que tienen nuestros comentarios? Hay asuntos que son intrascendentes, que dependen de gustos personales, de inclinaciones, de circunstancias… hay puntos de vista que tocan diversos estilos de vida, cuestiones culturales, diferentes costumbres. Así sucesivamente las opiniones van abarcando temas más complicados, más técnicos, más trascendentes, que requieren un mayor conocimiento y profundización de quienes las dan. Y en este ejercicio de opinar, no tiene el mismo valor cuando en una reunión hablamos del clima o el fútbol que cuando lo hacemos sobre el derecho de todo ser humano a la vida.
¿Qué determina el peso de una opinión? La autoridad de la persona que la da. No nos vendría mal un poco de humildad en el momento de decir lo que pensamos preguntándonos si estamos capacitados para afirmar ciertas cosas. Si no tengo ni idea de ingeniería ¿voy a ponerme a discutir sobre autopistas y puentes con un ingeniero de caminos? Nos es muy fácil meternos en terrenos que ignoramos y defender nuestras opiniones como si fuéramos portadores de la verdad absoluta.
El problema fundamental es que hoy en día se opina sin una base que sustente nuestra hipótesis. Si nos propusiéramos escuchar más que hablar, si razonáramos sobre los argumentos que se ventilan por allí, si tuviéramos la suficiente curiosidad intelectual para adentrarnos en los temas más debatidos de la sociedad, otro gallo cantaría…
A base de repetir las mismas ideas, con un poco de mercadotecnia y una fuerte carga emotiva, unos cuantos señores han llegado a moldear nuestras opiniones en base a unos intereses no confesables.
Para los emperadores romanos era muy importante tener contento al pueblo con “pan y circo” y así dominarlo sin sublevaciones engorrosas. Ese circo hoy en día lo tenemos en los medios de comunicación que tienen el plus de ir anestesiando nuestro pensamiento. Y como en los medios de comunicación todo es opinable, nos estamos acostumbrando a hablar con la misma superficialidad que lo hace por televisión, la top model, el cantante del momento, el concursante de Big Brother y hasta el brujo de turno, sin tener el más mínimo conocimiento de lo que se dice.
Cuando el tema de nuestras discusiones no pasa del fútbol y de los impuestos, es intrascendente, aunque sorprende que algunos den la vida por ello. Pero cuando de lo que se habla es de asuntos morales, hay que tener cuidado porque estamos enterrando una civilización entera. Resulta que nos están ametrallando con mensajes continuamente de cómo tenemos que pensar y no nos estamos dando cuenta porque tenemos “pan y circo” de sobra.
Por otro lado yo me pregunto ¿todo es opinable? ¿es opinable el valor de la vida? ¿es opinable la institución de la familia? ¿es opinable el uso de las drogas?.... Y me horroriza todavía más escuchar el planteamiento de las discusiones y las opiniones. ¿Sobre qué bases? Hasta ahora no he escuchado, por dar un ejemplo, a Marcelo Ebrard y sus seguidores, ningún argumento antropológico serio (habría que preguntarles primero si saben lo que es la antropología) sobre sus leyes progresistas.
¿Qué peso puede existir en la defensa de leyes sin argumentos contundentes? No hay más que escuchar la declaración del secretario de turismo del DF, Alejandro Rojas: "La ciudad de México se va a convertir en un centro donde gente (gay) de todo el mundo puede venir a celebrar sus nupcias y pasar su 'honeymoon' aquí. Hemos estado en pláticas con varios operadores (turísticos) que piensan ofrecer este tipo de paquetes, que van a incluir avión, hospedaje, guía, y todo lo necesario para sus nupcias, como el banquete”. Aseguró que esos paquetes permitirían a la capital "estar al nivel de Venecia o San Francisco".
¡Pero señores! Esto no es un juego, el tema es demasiado importante como para que lo que nos mueva sea el “honeymoon” y el turismo. ¿Qué hay detrás de todo esto?
Si queremos defender a nuestras familias, el futuro de nuestro hijos y de la sociedad entera, tenemos que ir más allá de frívolas opiniones. Es un deber analizar a fondo lo que nuestros gobernantes nos están metiendo a empellones en nuestras casas y en nuestra mente, es una responsabilidad moral la que tenemos con las futuras generaciones. Pero la triste realidad es que nos encontramos sin armas cuando no sabemos defender lo que es nuestro patrimonio cultural y religioso, nuestra historia y nuestros valores. No nos distraigamos con “pan y circo” que fue lo que destruyó al mismísimo imperio romano.
Las grandes revoluciones, antes de ganarse en el campo de batalla, se vencieron en las mentes y en los corazones de los hombres. De la victoria de la guerra de las ideas depende el futuro de una nación o de la humanidad entera, no hay más que ver el influjo que tuvo la ilustración en la Revolución Francesa y la ideología marxista en la revolución rusa. No hay guerra que se pueda vencer sin las armas adecuadas; si no hay preparación, si no hay mentes pensantes, si no hay opiniones de peso en la sociedad, seguirán promulgando leyes contra la vida y la familia. No dejemos este asunto en manos de unos cuantos porque nos están ganando la batalla. Nos corresponde a todos comprometernos con la verdad.
Ebrard asegura que “las iglesias no pueden fijar la norma”. Efectivamente ellas no promulgan leyes, pero ¡cuidado! Abortar, por ejemplo, esté penado o no por las leyes es un pecado, y tristemente todo pecado, aún el aprobado por las legislaciones, aún el aplaudido por las multitudes, aún el aceptado por el mundo entero, lleva consigo el germen de la destrucción.