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La gente se agolpaba...
Poco a poco la fama de Jesús se había extendido por muchas regiones de la Palestina y fuera de ella. Su fuerza de convocación, debida a la fascinación de su palabra, había alcanzado grande intensidad. Por esta razón, en este pasaje evangélico, Lucas nos reporta que: “Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios”. Para poder ser escuchado por la muchedumbre, Jesús, viendo dos barcas junto a la orilla, sube a una de ellas y le pide a Simón de alejarse un poco de tierra. Luego, nos explica el evangelista, “sentado en la barca, enseñaba a la multitud”. La predicación, en efecto, juntamente a sus acciones, son las dos actividades principales y constantes de su vida pública.
Llevar la barca mar adentro.
 Terminado de hablar, el evangelista Lucas nos dice que le habló a Simón así: “Lleva la barca mar adentro (duc in altum) y echen las redes para pescar”. La acción, en esta ocasión, consistió en llevar la barca mar adentro, echar las redes y pescar. Lo llamativo del episodio, de arranque, es la insistencia de Jesús para que Pedro sea aquel que tome la iniciativa y el mando, juntamente a los demás. Se le menciona, incluso, por su nombre para predecirle su futura profesión y trasformación en ‘pescador de hombres’, o sea, en el evangelizador principal entre los apóstoles. Pero, antes, en unión con los demás pescadores, debe lanzar las redes y volver a pescar, aun cuando, previamente, no habían logrado nada. Ahora, se trata de obedecer al Señor y confiar totalmente en su palabra. Pedro supera su incertidumbre y, olvidando el cansancio de una noche de pesca infructuosa, acepta: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”.
A muchos de nosotros, como a Simón, puede suceder de experimentar caídas de ánimo y decepciones, por no lograr las metas programadas. Sin embargo, cuando se trata de trabajar por el Señor y con Él, no deberíamos sucumbir ni la depresión ni al desaliento. Con Él y por Él no tengamos nunca miedo de llevar la barca de nuestra vida mar adentro y de remar hacia lo desconocido en unión con la comunidad. Es misión de la Iglesia la de navegar, o sea, evangelizar en el nombre del Señor y con la fuerza del Espíritu. Por lo tanto: es también nuestra misión. No hemos pescado nada. El ‘no hemos pescado nada’, en la boca de Simón, refleja la sensación de quienes encuentran, de vez en cuando, ‘noches oscuras’, momentos de desconcierto y cansancio espiritual. Habrá que estar preparados, también para ello, sin nunca perder la esperanza de encontrar alivio en el Señor y en su palabra. “Confiado en tu palabra”: es la declaración de obediencia y confianza de Simón. Ojalá, sea también la nuestra. “Echaré las redes”: es, a su vez, la acción creativa y fecunda de Simón. No se logran resultados siendo inertes y pasivos. La ‘pesca milagrosa’ se realiza, en efecto, sólo cuando las redes son echadas al mar, en el nombre de Jesús; sólo cuando nos lanzamos en la aventura evangelizadora con todas nuestras fuerzas, en comunión con la Iglesia, y bajo la palabra del Señor. No por nuestra iniciativa solitaria o para deslumbrarnos a solas. Sólo entonces, también nosotros buscaremos otros evangelizadores que nos echen la mano a recoger la enorme cantidad de pescado y evitar, así, el hundimiento: “Entonces –relata el evangelista- hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos –continúa el evangelista- y llenaron tanto las barcas, que casi se hundían”.
El arrepentimiento de Pedro.
La emoción y el asombro de Pedro, frente a la magnitud de la pesca, lograda en el nombre de Jesús y en comunión con los demás, son talmente enormes que lo inducen a reconocerse absolutamente indigno de la cercanía de Jesús. Lleno de temor y de respeto se arroja, entonces, a los pies del Señor y le dice: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!”. Lo mismo les pasa a los otros compañeros suyos: Santiago y Juan.
Conseguidos los efectos deseados, Jesús responde a Simón convirtiéndolo en pescador sí, pero de hombres: “No temas –le dices- desde ahora serás pescador de hombres”. El nombramiento que Jesús le hace produce en él, y en sus compañeros, una respuesta inmediata, radical y espontánea. De hecho, nos comenta Lucas: “Llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. Es así como, inesperadamente, se cumplió la vocación de los primeros discípulos de Jesús. Además, de esta manera, se evidenciaron las condiciones necesarias e irrenunciables para que todos aquellos que quieran seguir al Señor, como apóstoles suyos, deberán cumplir: desprendimiento de las cosas, o sea, de sus actividades anteriores, posesiones, costumbres, y liberación de los afectos, familiares y amistosos, para poder amar sin límites aquel que los ha llamados. Por el Señor, por cierto, bien vale dejarlo todo y estar dispuestos a ‘pescar’ todo el tiempo y donar la vida. La exhortación final de Jesús, determinante y certera, nos ayudará a permanecer fieles en su seguimiento: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.
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