En estos días y estas semanas uno de los temas que se comentan afortunadamente es el del matrimonio. ¿Tenía que cuestionarse la naturaleza del matrimonio para llegar a ello? Parece que sí. Decimos que cuando algo nos falta es cuando lo valoramos, cuando perdemos a una persona es cuando la extrañamos.

Hay dos elementos que me llaman la atención en este punto; uno positivamente, el otro negativamente. El primero, el positivo, es que muchos grupos de laicos se están movilizando para concientizar a la población sobre la responsabilidad ciudadana en esta materia, concretamente sobre permitir o no los matrimonios de homosexuales y la adopción de niños como hijos de parte de ellos. El segundo, el negativo, es que se haya politizado este tema con las típicas consecuencias de querer sacar a la Iglesia de la responsabilidad en este tema.
Lo que yo quisiera comentar aquí es que el matrimonio es una realidad social de interés común y que, si la familia es la cédula básica de la sociedad, no podemos decir que el matrimonio sea una realidad manipulable, de manera que los hijos los podamos sacar de la probeta y rifarlos al mejor postor o venderlos al que más dé por ellos.
Desde nuestras cátedras propias, siempre podremos opinar para quien nos quiera oír y no podemos callar la verdad para quien la quiera saber. El Concilia Vaticano II (L.G. 36) decía a los laicos:
“El Señor desea dilatar su Reino también por mediación de los fieles laicos; un reino de verdad y de vida, un reino de santidad y de gracia, un reino de justicia, de amor y de paz, en el cual la misma criatura quedará libre de la servidumbre de la corrupción en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rom 8,21). Grande, realmente, es la promesa, y grande el mandato que se da a los discípulos. "Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios" (1 Cor 3,23).Y el matrimonio es la realidad fundamental sobre la que se apoya la mayor parte de la vida y de la acción de los laicos; en él se realiza la necesidad del amor, en él culmina la necesidad de amar, en él se encuentra la forma genuina de la realización personal, tanto a nivel individual como comunitario.
En el pronunciamiento del Cardenal Rivera y del Arzobispo de la Iglesia Ortodoxa Griega en México leemos que no se pueden manipular las leyes naturales, ya que
“se abriría una puerta no sólo a la anarquía, sino a la desorientación de los principios fundamentales de las mismas leyes, quedando la sociedad en general desprotegida”.Y la sociedad humana en general tiene derecho a recibir de nosotros cristianos la luz que Cristo nos ha heredado: la luz de la verdad, la luz de la vida, la luz de la dignidad humana, la luz del respeto a la vida, la luz del amor en la familia, la luz de la estabilidad de la vida en la familia, pues Cristo nos dijo:
“Ustedes son la luz del mundo; brille su luz ante los hombres, para que viendo sus buenas obras glorifiquen a su Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 14-16).